La rutina tiene una forma curiosa de volver invisibles las cosas más esenciales. Sin darnos cuenta, empezamos a asumir que todo lo que nos rodea “debería” estar ahí siempre, hasta el punto de dar todo por sentado. Abrimos el grifo y sale agua, vamos a la cocina y hay comida. Tenemos un techo que nos resguarda, ropa que nos abriga y acceso a comodidades que, hace apenas unas décadas, eran un privilegio reservado para pocos.
Pero detente un momento. Imagina que, de un día para otro, todo aquello que hoy tienes desaparece. ¿Cómo cambiaría tu manera de mirar la vida?
Una Historia Que Confronta Nuestra Comodidad
Hace un tiempo vi una película basada en una historia real llamada The Good Lie (La buena mentira). Narra la vida de un grupo de niños sudaneses que deben huir de su aldea cuando una milicia asesina a todos sus habitantes, incluidos sus padres.
En su huida recorren alrededor de 1,600 kilómetros a pie, atravesando tres países, hasta llegar finalmente a un campo de refugiados en Kenia. En el camino enfrentan hambre, sed, enfermedad y peligros constantes. Finalmente viven quince años en ese campamento hasta que Estados Unidos acepta recibirlos como refugiados.
Lo impactante ocurre cuando llegan a su nuevo país. Muchas de las cosas que para nosotros son normales como un teléfono, agua potable o comida disponible, para ellos eran algo completamente desconocido. Aquello que nosotros vemos como cotidiano, y que muchas veces llegamos a dar por sentado, para ellos era un verdadero milagro.
Cuando Empezamos A Dar Todo Por Sentado
Hay una escena particularmente conmovedora. Ya siendo adultos, los jóvenes viven en un apartamento y comen pizza por primera vez. Uno de ellos ora agradeciendo a Dios por aquella comida que describe como “mágica”.
La razón es simple: cuando eran niños, muchas veces tuvieron que arriesgar la vida solo para conseguir algo que comer. En una escena impactante se acercan a la presa que un grupo de guepardos está devorando, intentando rescatar algún pedazo de carne para sobrevivir. Por eso no es difícil entender por qué para ellos una pizza, que solo tenían que pedir por teléfono, parecía algo casi milagroso.
En otra escena se ve cómo buscaban agua en el desierto. Introducían una vara hueca en la tierra y, si salía húmeda, sabían que había agua debajo. Luego con ella absorbían el agua bajo tierra. Aquella agua turbia no era precisamente potable, pero en medio del desierto era la única forma de mantenerse con vida.
Mientras tanto, nosotros simplemente abrimos el grifo. Y si el agua no nos gusta, compramos botellones. Incluso podemos elegir entre agua natural o mineral. ¿Notas la diferencia?
Pero la escena que más me conmovió ocurre cuando uno de ellos consigue trabajo en un supermercado y su tarea consiste en desechar comida que ya ha vencido. Él no logra entender cómo pueden tirar algo que, en su país, habría sido un verdadero manjar. Un día, mientras cumple esa tarea, ve a una mujer desamparada buscando entre la basura algo para comer. Entonces decide darle parte de la comida que debía botar. Cuando su jefe lo descubre y le reclama, él renuncia y responde que es pecado tirar comida cuando hay tantas personas con hambre.
Un Contraste Que Nos Hace Pensar
Podríamos pensar que las diferencias en el mundo no son tan grandes, pero cuando miramos algunos datos la realidad se vuelve mucho más evidente.
En 2025, el Banco Mundial actualizó la línea internacional de pobreza extrema y estableció que una persona se considera en esta condición cuando vive con menos de 3 dólares al día. Puedes consultar el artículo aquí.
Eso significa que millones de personas en el mundo deben cubrir todas sus necesidades diarias, comida, agua, ropa y cualquier gasto básico, con apenas esa cantidad. Ahora pensemos en algo muy común para nosotros hoy en día: un celular.
Un teléfono de gama media, que puede costar alrededor de 400 dólares, representaría para alguien que vive con $3 al día alrededor de cuatro meses completos de ingresos. Y si hablamos de un celular de gama alta, que fácilmente supera los 1,000 dólares, estamos hablando de casi un año entero de ingresos para una persona que vive en pobreza extrema.
Pero lo más impactante es que eso es solamente un celular. Si añadimos a la ecuación cosas que para nosotros son normales: tres tiempos de comida al día, internet en casa, alguna suscripción a un servicio de entretenimiento, transporte o cualquier otro gasto cotidiano; la diferencia se vuelve aún más evidente.
Lo que para muchos de nosotros se convierte en algo que llegamos a dar por sentado, para millones de personas en el mundo sería un lujo imposible.
Recordando Lo Bendecidos Que Somos
Ahora bien, mi intención no es hacerte sentir mal porque tengas el último modelo de celular. No hay nada de malo en disfrutar las bendiciones que Dios nos permite tener. Pero quizá la próxima vez que sintamos que nos falta algo que deseamos, en lugar de quejarnos, conviene detenernos un momento y poner las cosas en perspectiva.
Según estimaciones globales, cerca del 10% de la población mundial vive en pobreza extrema. Si hoy tienes comida en tu mesa, acceso a tecnología, un lugar donde dormir y las necesidades básicas cubiertas, entonces eres más afortunado que aproximadamente 831 millones de personas en el mundo que luchan cada día por sobrevivir.
Tal vez lo que necesitamos no es tener más cosas, sino aprender a valorar mejor las que ya tenemos.
Cuando Entendemos Que Nada Nos Pertenece
Nos quejamos por no tener más comodidades o por no poder darnos ciertos gustos. Pensamos que la vida nos debe algo. Sin embargo, como acabamos de ver, la realidad de millones de personas en el mundo nos recuerda cuánto tenemos para agradecer.
La Biblia nos recuerda algo profundo en la historia de Job. Después de perder todas sus posesiones, dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” — Job 1:21.
No es fácil aceptar las pérdidas. Pero la Biblia nos enseña que nada de lo que hoy tenemos nos pertenece. Todo es un regalo y los regalos se reciben con gratitud, no con exigencia. Quizás por eso existe un dicho muy conocido: nadie sabe lo que tiene… hasta que lo pierde.
Valora lo que tienes hoy, porque nunca sabes si mañana seguirá estando ahí.
Aprender El Secreto Del Contentamiento
La sociedad actual nos empuja constantemente a vivir insatisfechos. Siempre parece faltar algo: un nuevo dispositivo, más dinero, una mejor apariencia o una vida más cómoda. Sin embargo, la Biblia nos enseña un principio diferente: el contentamiento no depende de lo que tenemos, sino de nuestra relación con Dios.
El apóstol Pablo escribió: “Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” — 1 Timoteo 6:7–8
Cuando aprendemos a vivir agradecidos por lo que ya tenemos, descubrimos una libertad que el mundo no puede ofrecer.
El apóstol Pablo también habló de este tema cuando escribió: “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia… todo lo puedo en Cristo que me fortalece” — Filipenses 4:12–13.
Aplicación Práctica
Hoy puede ser un buen momento para detenernos y agradecer a Dios por cosas simples que muchas veces ignoramos: la comida, el techo, la familia, la salud o incluso un nuevo día de vida.
Tal vez no tengamos todo lo que quisiéramos. Pero probablemente tenemos cosas que millones de personas en el mundo solo pueden desear. Aprendamos a no dar todo por sentado. Cada día es un regalo de Dios.
Oración:
Señor, ayúdame a vivir con un corazón agradecido. Perdóname cuando olvido valorar las bendiciones que me has dado. Enséñame a encontrar contentamiento en Ti y a reconocer cada día tu gracia en mi vida.
Amén.
Si esta reflexión ha sido de bendición para ti o deseas compartir tu experiencia, puedes ponerte en contacto conmigo aquí o dejar tu comentario más abajo.

