Vivíamos felices sin saberlo: el arte de vivir una vida más simple

Niños jugando en la calle, felices y sin preocupaciones, reflejo de una vida más simple
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Hay algo que el paso del tiempo hace inevitable: comparar. Comparar cómo vivíamos antes con cómo vivimos ahora. Y si eres honesto, probablemente notes que algo se perdió en el camino. No hablo de cosas materiales. Hablo de esa sensación de vivir una vida más simple que muchos tuvimos de niños y que hoy parece solo un recuerdo. Esta reflexión es una invitación a entender qué pasó, y a buscar esa paz que el mundo no puede darnos.

Una vida más simple, sin tanto ruido

Cuando era niño, la vida tenía otro ritmo. No había redes sociales, ni notificaciones cada cinco minutos, ni tampoco esa presión constante de mostrar quién eres o qué tienes. Los juegos eran en la calle: el trompo, las canicas, el escondite, andar en bicicleta, jugar a la pelota. La ropa no era de marca, en mi caso la hacía el sastre del barrio, y nadie andaba midiendo si tenías lo último del mercado.

Tampoco había que buscar la escuela más cara del barrio para sentir que los hijos iban bien encaminados. La escuela pública cumplía su cometido, y nadie se avergonzaba de eso. Si había que hacer un mandado, uno agarraba la bicicleta y listo. Tener carro era un lujo para unos pocos, no una necesidad básica ni un símbolo de éxito que exhibir. Y sin embargo, la vida funcionaba. La gente llegaba a donde tenía que llegar, los niños aprendían, las familias se sostenían. Con menos, pero sin esa sensación constante de que algo falta.

No lo sabíamos en ese entonces, pero éramos libres. Libres del agotamiento de compararnos con otros, libres de la ansiedad de gustar a personas que ni nos conocen, libres de la necesidad de demostrarle algo a alguien.

La vida filtrada que nadie vive de verdad

Con el paso de los años vino la globalización, y con ella las redes sociales. Y las redes sociales hicieron algo muy particular: nos pusieron frente a un escaparate permanente de vidas ajenas. De repente ya no bastaba con las cosas simples que teníamos, ahora vivir se trataba de vivir mejor que los demás; había que estar a la moda, verse bien ya no era un lujo, sino una necesidad. El vecino publicó una foto con el último modelo de celular, el compañero de trabajo subió una historia desde un restaurante caro, y ahí vamos nosotros, tal vez sin tener para cubrir la renta, pero buscando la manera de que también se note que podemos.

Lo más curioso es que eso que vemos en pantalla casi nunca refleja la realidad completa. Rara vez se muestra la deuda, el trabajo doble, el costo emocional de mantener apariencias. Solo se muestra la foto con filtro.

La nostalgia bien usada

Hay una advertencia en la Biblia que me parece muy oportuna: “nunca preguntes por qué los tiempos pasados fueron mejores que los de hoy, porque esa no es una pregunta sabia” (Eclesiastés 7:10). Y tiene razón. Idealizamos el pasado cuando lo que queremos es escapar del presente.

Recordar no está mal. De hecho, Dios nos dio esa capacidad de memoria para algo. El problema es cuando el recuerdo se convierte en ancla: cuando aferrarse a lo que fue te impide vivir lo que es. Si del pasado sacas sabiduría para corregir el rumbo, esa memoria es valiosa. Si solo te llena de amargura por lo que perdiste, ya no te sirve.

Y aquí hay algo que vale la pena decir con honestidad: en el pasado tampoco todo era perfecto. Había dificultades, había carencias, había injusticias, no todo era color de rosa. Lo que quizás sí existía más, era la capacidad de contentarse con lo que había. Y eso, hoy, escasea bastante. Porque la felicidad de aquellos años no venía de la cantidad de cosas que teníamos, sino de que aprendíamos a vivir satisfechos con las pocas que había.

La satisfacción que el mundo no da

Jesús le dijo a Marta algo que todavía resuena: “solo una cosa es necesaria”. Marta andaba afanada con mil cosas, y aunque sus quehaceres no eran malos en sí mismos, estaba tan ocupada con el afán del día que perdió de vista lo que realmente importaba en ese momento: escuchar a Jesús. ¿Cuántas veces tienes la oportunidad de tener ahí frente a ti al Creador del universo para poder conversar?

Así estamos muchos hoy. Tan ocupados corriendo detrás de aquello que creemos que nos dará satisfacción, que nos olvidamos de lo esencial. Y lo irónico es que mientras más tenemos, más vacíos nos sentimos. La vida cristiana no es una carrera para ver quién llega primero al siguiente nivel de consumo. Es aprender a contentarse con lo que tienes, como dice Pablo: saber vivir en abundancia y saber vivir en escasez, sin que ninguna de las dos te quite la paz.

La vida más simple que añoramos no se recupera volviendo atrás. Se recupera eligiendo cada día poner lo eterno por encima de lo urgente. Jesús lo dijo de una manera que no deja mucho espacio para la interpretación: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

No es una promesa para los que primero lo tienen todo resuelto. Es una invitación a reordenar las prioridades, y dejar que Dios se encargue del resto. Y eso empieza, no con desconectarse del mundo, sino con conectarse de verdad con Dios.

No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. — Filipenses 4:11

Aplicación práctica: pasos hacia una vida más simple

Hoy, en vez de mirar lo que te falta, haz una lista de tres cosas sencillas por las que puedes estar agradecido. No tienen que ser grandes. Pueden ser tan simples como una taza de café caliente, una conversación que te hizo bien, o el hecho de haber descansado. La gratitud no cambia las circunstancias, pero sí cambia el lugar desde donde las miras.

Amén.

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